Desde el café.

Seis cartas marcan mi vida. Desde ellas rompí los lazos con mi primer amor, reconstruí la relación con mi padre, me confesé con mi mejor amiga, amé a mi madre, me hice llanto y pedí el divorcio. También le escribí a mi hijo muerto y mi adorada Paz, aunque aún no las lee.

Aprendí, desde muy chica, que podía escribir cartas para salvarme del dolor y decir lo que cara a cara dolía tanto. Mi mamá, con quien pocas veces hablaba sobre esas cosas medulares que arman la vida, siempre me repetía (y me repite) que lo que no le pudiera decir, se lo escribiera.  Y no es hasta que escribo estas palabras que reconozco que por eso amo tanto a las cartas. Prometían, desde ese espacio de la adolescencia, un vínculo a través del cual comunicarme con la gente a quien tanto amaba. Las cartas eran hablar, pausadamente, sin olvidar la pasión, el dolor o el coraje.

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Llevo años escribiendo cartas. Es la forma en la cual disfruto más la escritura y a través de la cual no me pesa hacerme vulnerable. Por eso desde la forma de una carta quiero escribir (y comunicar) esta intersección de mi vida, por si a alguien también le es útil. Quiero escribir cartas para expulsar los demonios de la escuela graduada, la dulce soledad, el amor y la maternidad.

Hace muchos años escribía poesía; hoy escribo cartas.